2. La reflexión bíblica sobre la Gracia
Contenido
Segundo tema del curso de Antropología Teológica III.
2.1. La reflexión veterotestamentaria de la Gracia
2.1.1 Antecedentes bíblicos del concepto Gracia
La historia bíblica es una historia de salvación, no de perdición. Dios siempre aparece liberando y salvando a su pueblo. ¿De dónde procede tal certeza?
¿En base a qué presupuestos puede sustentarse esa convicción?
A partir de la identidad de Dios como un Dios salvador y la posibilidad de conversión del ser humano se pueden deducir los antecedentes bíblicos del concepto de la Gracia.
El Dios de Israel es un Dios Salvador
La reflexión bíblica de la creación sostiene que Dios crea al ser humano para la salvación.
La creación se realiza teniendo en cuenta el horizonte de la alianza. La alianza presupone la elección.
La iniciativa salvífica divina es gratuita porque es inesperada y además es imposible desde el punto de vista humano.
La alianza revela lo que Dios es, y en última instancia su deseo de establecer una relación más íntima con el ser humano.
2.1.2. La elección
La elección es “la acción inicial por la cual Yahvé entra en relación con su pueblo y la realidad permanente que asegura la estabilidad de aquella relación” (J. L. Ruíz de la Peña: 208).
El verbo bahar designa la acción electiva de Dios. Dios aparece como sujeto de la elección:
Porque tú eres un pueblo consagrado a Yahveh tu Dios; él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra. No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahveh de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que os tiene y por guardar el juramento hecho a vuestros padres, por eso os ha sacado Yahveh con mano fuerte y os ha librado de la casa de servidumbre, del poder de Faraón, rey de Egipto (Dt 7,6-8).
Características de la acción electiva de Dios:
- La elección es gratuita
- La elección evidencia el misterio del amor gratuito de Dios.
- Al ser gratuita, la acción divina de elegir no se apoya en cualidades previas a ella.
- La funcionalidad de la elección
- Cuando Dios elige, elige para algo. La elección incluye siempre una tarea para el ser humano.
- Los oficios a los que destina a los elegidos son variados:
- Yahvé elige sacerdotes a los hijos de Leví: Dt 21,5
- La realeza (la elección de Saúl: 1 Sam 10,24; la elección de David: 1 Sam 16,1-12; la elección del Siervo: Is 49,1-7; la elección de Jeremías: Jr 1,5-10).
- Cuando se habla de la elección de tal o cual personaje (Abrahám, Jacob, Moisés, David) es para apoyar en él el propósito divino de ratificar la elección del pueblo: “Los ‘elegidos’ son el ‘pueblo’” (Sal 106,5).
- En Is 53,11 asigna al Siervo la función de justificar a los “muchos”.
- ¿Para qué ha sido elegido Israel? Para una alianza que abarca a la humanidad entera.
- El pueblo va a ser la instancia mediadora de un designio universalista de la acción salvífica divina: “Por Abrahám se bendecirán todos los linajes de la tierra” (Gn 12,3).
- El Siervo es elegido no sólo para Israel, sino para ser “luz de las naciones y para que la salvación de Yahvé “alcance a todos los confines de la tierra” (Is 49,6). La incondicionada soberanía salvífica exige del elegido una disponibilidad en el cumplimiento de su función.
- El “elegido” es el “siervo” (bahir-ebed): “David mi siervo a quien elegí” (1 Re 11,34).
- La elección comporta la obediencia sumisa y el compromiso fiel ante el encargo recibido.
- La inalterabilidad de la elección
- Los profetas del exilio subrayan más enfáticamente la firmeza inamovible del propósito divino. Así, ante una comunidad en crisis, que duda de su futuro como pueblo, los profetas confirman la vigencia de la elección (cf. Jr 33,23-26).
- Si la elección se mantiene no es porque Israel lo haya merecido (en realidad, ha sido infiel y se ha prostituido: Ez 16), sino porque Yahvé lo quiere así. Emerge de nuevo la gratuidad absoluta del designio amoroso divino.
- Ahora bien, no es Yahvé el único que elige. Él toma la iniciativa. Pero el ser humano debe corresponder, eligiendo a si vez también a Yahvé (o a otros dioses) (cf. Jos 24,15).
Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos de Yahveh tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas a Yahveh tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y multiplicarás; Yahveh tu Dios te bendecirá en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses y a darles culto, yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio y que no viviréis muchos días en el suelo que vas a tomar en posesión al pasar el Jordán. Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra: te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando Yahveh tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en eso está tu vida, así como la prolongación de tus días mientras habites en la tierra que Yahveh juró dar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob (Dt 30,15-20).
Escoge la vida: En suma, la elección se percibe como iniciativa gratuita y permanentemente válida de Dios, a su vez, el pueblo debe responder eligiendo también a él “Yo seré vuestro Dios, vosotros seréis mi pueblo” (Ex 6,7; Dt 29,12). La mutua pertenencia de ambas partes será ratificada en el concepto de la alianza.
2.1.3. La alianza
La elección de Israel se concreta en la alianza. La alianza (berit) en el antiguo Oriente significó asumir voluntariamente un compromiso (Ez 17,13: “Escogió luego a uno de estirpe real, concluyó un pacto con él y le hizo prestar juramento, después de haberse llevado a los grandes del país”).
Según Sanders la religión judía estuvo centrada en la teología de la alianza (Covenantal Nomism). Esta consiste en la acogida de la gracia recibida de Dios por medio de la alianza y, frente al don recibido, la respuesta mediante el cumplimiento de la Ley.
Con esta terminología, Sanders intentó expresar la autocomprensión de Israel como pueblo que tiene una relación especial con Dios; una relación basada en la alianza, según la cual Dios otorga su favor a Israel y, a su vez, espera la lealtad de este. Israel, por su parte, expresa su gratitud a Dios y demuestra su adhesión viviendo según los términos de la alianza.
La alianza como autocompromiso
En la alianza con Abrahám Dios se compromete a darle tierra y descendencia (Gn 15,4-7).
En la alianza con Noé (Gn 9,8-17) Dios se impone la obligación de no aniquilar nunca más toda carne por las aguas del diluvio.
La alianza de Yahvé con David se trata de un juramento divino, una promesa de amor por siempre: “Pues firme ante Dios está mi casa, porque ha hecho conmigo un pacto sempiterno, en todo ordenado y custodiado. Él hará germinar toda mi salud y todo mi deseo” (2 Sam 23,5).
En este caso, la alianza equivale a un concepto de promesa, amistad, autocompromiso divino.
La alianza implica una obligación
La alianza del Sinaí (Ex 19ss.) comporta una obligación por parte de Israel revelado en el Decálogo (Ex 24,3-8). La alianza también implica el cumplimiento del rito de la circuncisión (Gn 17,10). La reflexión teológica de esta obligación se fundamente en el hecho de que Dios, liberando a su pueblo de la esclavitud de Egipto, se lo ha apropiado (“Vosotros seréis mi pueblo”). Tal señorío legitima la imposición de la alianza (cf. Dt 3,13; Is 24,5).
Por tanto, cuando Israel acepta la alianza sinaítica, tiene muy presente a Yahvé no como el amo despótico sino como el Señor de la promesa, el Dios liberador. En este caso, la alianza remite al amor y amistad que funda y justifica una obligación. La alianza aparece como el horizonte ético-religioso de la relación Dios-ser humano.
La alianza como compromiso mutuo
El profeta Oseas entiende la alianza como vínculo matrimonial, es decir, como compromiso mutuo de autoentrega libre y amorosa. Es tan firme esta alianza que la infidelidad de la esposa no lo quebrará. El amor perseverante del esposo logrará la recuperación infiel y conducirá a la alianza permanente (Os 2,4-7.18-22).
El profeta Jeremías describe a la berit como una “alianza nueva” (Jr 31,31) que conlleva un cambio en el corazón. La alianza pasa a ser un principio fundamental que se incrusta en el corazón.
La alianza nueva es un corazón nuevo:
Os tomaré de entre las naciones, os recogeré de todos los países y os llevaré a vuestro suelo. Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas (Ez 36,24-27).
En suma, el uso teológico de la alianza forma parte de la comprensión religiosa de Israel. La finalidad última de la alianza es el restablecimiento de un vínculo que trasciende lo jurídico para formar parte de una relación interpersonal, amical, nupcial.
Este vínculo puede ser roto por la parte humana, pero nunca por la divina. La fidelidad de Yahvé acaba sobreponiéndose a la infidelidad del pueblo. Por tanto, la idea de la alianza ha sido la clave hermenéutica con la que Israel descifró la identidad de Dios.
2.2. La reflexión neotestamentaria de la Gracia
Cuestiones generales
Lo que el Nuevo Testamento denominará gracia llega a ser el equivalente del término hebreo hesed= amor generoso y tierno, misericordia entrañable y que “desde la revelación del Sinaí se impone como la cualidad fundamental del Dios de la alianza, como signo primero de su amor.
La gracia en el Antiguo Testamento nos muestra múltiples aspectos y una gran riqueza de vocabulario. No obstante, no existe un equivalente exacto para la palabra gracia, tal cual se desarrollará por Pablo y sus discípulos en el Nuevo Testamento, donde encontrará su centro de gravedad.
La manifestación de la gracia en el Antiguo Testamento está siempre unida al Dios creador, fuente y dador de vida, que “no hizo la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes” como lo destaca bellamente el libro de la Sabiduría 1,3.
Señalamos algunas características:
- En el Génesis, lo que nosotros llamamos gracia de Dios, la podemos encontrar e incluir como bendición y elección (Gn 12,1-3).
- En el Deuteronomio se acentuará la benevolencia y la alianza (Dt 27-28).
- En el profeta Oseas se destaca al amor y la alianza renovada (Os 2,16-25).
- En Isaías se subraya la promesa y la restauración de la amistad y fidelidad de mano del Mesías (Is 9,1-6; 11,1-5; 42, 6).
- En Jeremías se insiste en la amistad íntima de Dios hacia el ser humano y la renovación de la alianza (Jer 31,33).
- En Israel vemos como la gracia se une a la salvación. Mirando al pasado se recuerda la elección y el éxodo.
- Mirando al futuro aparece la fidelidad y la amistad de Dios hacia Israel que llega a ser pueblo de la alianza. Las actuaciones de Dios, elección, alianza y promesa, se concretan como bendición.
2.2.1 La reflexión de la Gracia en los Evangelios Sinópticos
En los evangelios nunca encontramos una definición de gracia, como tampoco en el resto del Nuevo Testamento. Más que un concepto, la gracia es una acción de Dios, iniciativa salvadora de Dios que se manifiesta en Jesús mismo.
Lo que nos narran los evangelios es la actuación histórica (praxis mesiánica) del don de Dios, de cuya “plenitud hemos recibido gracia abundante: gracia (bendición) tras gracia (bendición)” (Jn 1,16).
Gracia y Reino de Dios
En los evangelios sinópticos, las parábolas del reino anunciado por Jesús destacan su carácter gratuito e imprevisible (Mc 4,26-29; Mt 13,31-33). El Reinado de Dios es pura gracia y la iniciativa de su oferta corresponde exclusivamente a Dios.
Los seres humanos hemos de asumir libremente la gracia de ese reinado y acoger voluntariamente la invitación de Dios. En concreto, la adhesión a Jesús mediante el seguimiento (Lc 9,57-62; Mc 10,17-22).
El Dios del Reino, el Dios anunciado por Jesús es el Dios liberador, que establece la justicia. Ante todo y sobre todo es ABBA, el padre de inmensa misericordia, que ama a los menos dignos de amor, y está siempre dispuesto al perdón del pecador (Lc 15,18,9-14; Mt 20,1-15).
El Reinado de Dios se manifiesta entonces como un reino de hijos e hijas de Dios en el que los pecadores son los preferidos (Lc 15,7-10); los más pequeños son los más grandes (Lc 9,48) y los últimos son los primeros (Mt 19,30).
El Evangelio de Lucas emplea el término gracia en sentido propio: (1,30; 2,40; 4,22). Central es en su teología de la salvación su “teología de la gracia”: promesa, alianza, misericordia, liberación, luz, paz y justicia.
La buena noticia de la salvación se expresa con fuerza en el canto de María (El Magnificat) 1,46-55 y el canto de Zacarías (El Benedictus) 1,67-79, que destacamos a continuación:
¡Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, que él ha venido a liberar a su pueblo! Nos ha suscitado ahora un poderoso salvador de entre los descendientes de David su siervo. Eso había prometido desde tiempos antiguos por medio de sus santos profetas: que nos salvaría de nuestros enemigos y del poder de los que nos odian; que tendría compasión de nuestros padres y que cumpliría su santa Alianza. Y esta es la firme promesa que le hizo a nuestro padre Abraham: que nos libraría de nuestros enemigos, para que sin temor alguno, le sirvamos a lo largo de nuestra vida como gentes que hemos sido consagradas y que actúan buscando justicia. En cuanto a ti, niño, te llamarán profeta del Dios altísimo porque irás delante del Señor preparando su venida. Tú anunciarás la salvación a su pueblo y el perdón de sus pecados. Pues nuestro Dios lleno de Misericordia entrañable hacia nosotros y nosotras nos trae de lo alto el amanecer de un día celestial,/ que nace de lo alto/ para llenar de luz a los que viven en oscuridad y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de paz.
En ambos se celebra, a la manera de los antiguos salmos hebreos, la salvación que proviene de la misericordia de Dios, en fidelidad a la alianza y sus promesas. Tal alianza proviene de su amor-misericordia y se mantiene por hesed (gracia), no obstante los reiterados incumplimientos humanos (Cf. Dt 7,9; 1 Re 8,23; Dan 9,4 y Sal 89,29; Is 55,3).
Características del Reino de Dios
a) Reino como gracia y gratuidad frente al moralismo de la Ley
Jesús, movido por el Espíritu, entró en la sinagoga el día sábado y proclamó en alta voz:
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4,18-19).
El texto afirma que, en cumplimiento del designio de Dios, la misión de Jesús estuvo orientada a la liberación integral de los pobres y excluidos de su tiempo. Él no se dedicó principalmente a la predicación, ni tampoco a la enseñanza ético-moral, sino a “sanar heridas y curar toda dolencia y enfermedad” (Mt 9,35).
Dios irrumpe con su reinado como una oferta de rescate y salvación que no se impone, sino que es una posibilidad liberadora y gratuita a la que las personas pueden acogerse en su vida personal y social. El reino de Dios es, pues, “el reino de la santidad y la gracia” (prefacio de Jesucristo, Rey del Universo).
Hay dos aspectos inseparables que están en la raíz de su anuncio del reino de Dios: su peculiar toma de conciencia de la realidad que le rodea y su profunda experiencia teologal.
La conciencia de Jesús para con la realidad está caracterizada por dos actitudes: la indignación y la compasión. Tiene compasión de los enfermos (Mt 20,34), de la muchedumbre (Mc 6,34), de la viuda desamparada (Lc 7,13).
Se indigna ante quienes ponen el sábado por encima del ser humano (Mc 3,5), ante quienes ponen cargas pesadas sobre los hombros de la gente sencilla (Mt 23,4), ante quienes se preocupan por las leyes de pureza y se olvidan de practicar la justicia y la misericordia (Mt 23,23).
b) El reino de Dios como praxis de plenitud incluyente
En la raíz del anuncio de Jesús acerca del reino de Dios se encuentra la presentación de un Dios que cambia el modo de ver y valorar la realidad (esta es la esencia del “sermón del monte”: Mt 5,1-12), descubriendo nuevas posibilidades, criticando el sistema establecido y tomando como criterio la misericordia (lo que provoca un movimiento contracultural).
Esta nueva forma de concebir la realidad nos habla de que la dignidad del ser humano no le viene de su género, etnicidad y estatus social, sino del acercamiento y la aceptación que Jesús le otorga al ocupar un lugar en la mesa. Eso es lo que hace con todos aquellos que son tenidos por “indignos”: sentarse a la mesa con ellos. En las parábolas se dice que los invitados a participar en el banquete del reino son los pobres, los ciegos, los cojos (Lc 14,21).
Su carácter inclusivo e integrador permite reconfigurar un nuevo modelo de ekklesîa, basado en la libertad e igualdad, donde los seres humanos se sientan reconocidos en sus diferencias.
En este sentido, la categoría del reino de Dios encarna la propuesta salvífica de Jesús, que es liberar al ser humano de toda estructura socio-política y socio-religiosa que oprime y excluye.
El Reino de Dios es una oferta de gracia y de vida, una presencia escondida y misteriosa. Supone una profunda transformación histórica.
Hay dos formas de conocer la experiencia de Dios de Jesús. Una de ellas es atender a lo que el mismo Jesús decía sobre Dios, atender a sus palabras sobre Dios; la otra es atender a lo que se transparenta en su forma de actuar (en sus tomas de posición, en sus opciones, en sus prioridades, en sus denuncias, en sus gestos simbólicos...) puesto que todo ello nacía de su experiencia del Dios al que él apelaba como fundamento de su autoridad. Jesús actúa y realiza signos que hacen presente a Dios.
¿Cómo se experimenta la Gracia de Dios?
Jesús proclamaba el Reino de Dios como gracia y gratuidad para ir creando un mundo renovado.
Pero a la gente les surgen preguntas: Si Dios está presente, ¿por qué nada parece cambiar? Los poderosos siguen triunfando y los pobres sufren. Entonces, ¿dónde está el cambio?
Estas preguntas no son teóricas, sino que salen del corazón; las hace gente humilde, marcada por el dolor y la opresión. Por eso Jesús no contesta con discursos o razonamientos filosóficos, sino que intenta abrir un horizonte de esperanza contando narraciones: las parábolas. Las parábolas pueden dar esperanza porque parten de la historia, y muestran que otra historia (desde otra perspectiva) es posible.
Lo pequeño y lo escondido: la lógica de las parábolas
Dios está presente, pero no en lo grande y lo espectacular, sino en pequeños detalles, en gestos de humanidad que pasan desapercibidos par la mayoría de nosotros.
Es como una cosecha de trigo que está contenida en pequeñas semillas al principio. Y no fructifica sin nuestra paciencia y nuestro cuidado (regar, abonar y esperar).
También está en lo inesperado. Dios irrumpe y cambia la vida por sorpresa, como el que encuentra un tesoro en un campo. A veces el tesoro ni siquiera está escondido, lo que ocurre es que no lo vemos porque vamos ocupados por otras mil expectativas de nuestra vida que responden a modelos culturales, ideológicos o religiosos.
La parábola quiere romper moldes, esquemas, y ayudarnos a “cambiar el chip”, descolocarnos, hacernos salir de nuestra “zona de confort” y pensar de formas distintas.
La muerte de Jesús es consecuencia del anuncio del Reino de Dios. Fue un hecho inevitable.
La última cena como gesto simbólico de autoentrega y sentido (Mc 14, 22-25). “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11,24-25). Toda su vida y su ser ha sido vivida al servicio del Reino de Dios.
La última cena es el gesto simbólico inclusivo donde se hace presente el amor gratuito de Yahvé.
Gracia y seguimiento de Jesús
La gracia impacta nuestra vida, y al impactarla, la transforma. Abrirse al misterio de la gracia es principio de nueva vida, que responde a la gracia con la vida.
Discípulo de Jesús es uno quien acepta la gracia y responde con la vida.
El llamamiento a ser discípulo de Jesús (Mc 8:34), esto es, a ser cristiano, es también gracia. Pablo confiesa en Gálatas “Agradó a Dios llamarme por su gracia” (1,15). “Según gracia” fuimos llamados antes de los tiempos eternos (2 Tim 1:9). Del don generosamente derramado deviene el seguimiento en camino de Reino.
En consecuencia el verbo que cualifica al discípulo es akolutheo, “seguir”, en el sentido físico de andar detrás del Maestro, y en el metafórico de compartir con él la experiencia y el modo de vida.
En el NT también existe esta exigencia radical de escuchar y seguir, pero lo nuevo está en que la escucha (gracia) no es una simple adhesión a un discurso o una mera aceptación de verdades o ideas, sino que implica seguimiento y comunión de vida con una persona. Es decir, la escucha lleva a seguir y a configurarse y comprometerse plenamente con la persona de Jesús y su mensaje.
Seguir al Hijo es centrar el corazón en él que es la Palabra (gracia). María, la hermana de Lázaro, centra su atención en la persona de Jesús y escucha con todo su ser, mente y corazón las palabras del Maestro (Cf. Lc 10,39-40). Por eso se convierte en prototipo de discípula, porque su escucha es plena y total, no está obstaculizada por ninguna interferencia humana.
La palabra encuentra acogida y sintonía en el corazón de María, mientras que Martha, su hermana, se pierde y dispersa entre tantas cosas secundarias que no tienen relevancia. María, en cambio, “ha elegido la mejor parte, que no le será quitada” (Cf. Lc 10,42) porque busca el contacto pleno con la Palabra en una contemplación viva y real. Por eso es capaz de abrir el corazón y dejarse transformar por ella. Escuchar al Hijo es centrar el corazón en su palabra como lo hizo María.
Como acabamos de mencionar, la escucha atenta a la palabra no queda simplemente en la mera atención, sino que lleva al oyente a realizar la voluntad del Padre.
María la madre de Jesús escuchó atentamente las palabras de Dios a través del ángel Gabriel e inmediatamente respondió: “hágase en mí según su Palabra” (Lc 1,38). La Palabra la encontró abierta y disponible. Poco a poco fue penetrando en lo más íntimo de su ser, hasta suscitar en ella una respuesta incondicional alegre y generosa. La escucha de María se convirtió en acción y compromiso por los demás.
En el seguimiento, que es gracia, Jesús toma la iniciativa. Él es el que llama: “llamó a los que él quiso”, dice Marcos (Mc 3,13). No espera la iniciativa libre de otras personas: “no me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los elegí a ustedes” (Jn 15,16). Ahora bien, la palabra de Jesús no es sólo una invitación, sino una apremiante llamada, un imperativo categórico: “Sígueme” (Mc 2,14). Por tanto, en el seguimiento de Jesús, lo que importa es la fuerza de su palabra que suscita en el oyente una respuesta inmediata: “y dejándolo todo lo siguieron” (Mc 1,18).
Jesús pide que le sigan exclusivamente a él, su persona es la que predomina. De ahí que lo fundamental en el seguimiento es sentirse profundamente atraído y cautivado por su persona y mensaje.
Como vemos en el seguimiento de Jesús, no se trata únicamente de un simple voluntarismo, sino de la gracia de dejarse ganar y conquistar por el Padre y su amor. En cambio, a los que se atreven a seguirle, Jesús, les pregunta enérgicamente: “¿también ustedes quieren marcharse?” (Jn 6,67). Inmediatamente Pedro responde con firmeza: “Señor, ¿a quien iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).
El seguimiento remite muchas veces al misterio y destino de Jesús (Cf. Jn 13,7). Sin embargo, en los evangelios hallamos también que, a pesar de las debilidades y los miedos, esos hombres optaron por seguirle hasta la muerte. Lo que les hizo fuertes fue la amistad con Jesús y la fidelidad a su proyecto.
Como Jesús es don de Dios al mundo, así los seguidores se hacen don para el mundo, es decir, asumen la misma misión de Jesús: “sanar heridas y curar toda dolencia y enfermedad” (Mt 9,35), a dar gratuitamente lo que han recibido gratis (Cf. Mt 10,8). Esto quiere decir que la llamada al seguimiento no es una llamada a conseguir la propia perfección y realización de la persona, sino que se trata de un camino que lleva al compromiso y donación gratuita por los demás, sobre todo del más débil y excluido de la sociedad.
Documentación consultada
María Nely Vásquez Pérez, “Escuchar la Palabra: actitud fundamental del discípulo/a”, Lumen 68/3 (2019) 391-423.
María Nely Vásquez Pérez, “¿Todavía el reino de Dios? Evolución de la teología del Reino y su impacto político, hoy”, Selecciones de Teología 240/60 (2021) 243-256 (Condensación de los mejores artículos de teología).